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sábado, 7 de diciembre de 2019

Sin Evo, el Chapare empieza a dividirse y aumenta la tensión

Tras la renuncia de Morales, empezó una crisis interna que despertó los resentimientos más reprimidos de militantes del MAS y antimasistas.

“Hay disidencias, hay visiones diferentes que han surgido al calor del momento político, de los recientes conflictos. Se puede hablar de una fragmentación (del Movimiento Al Socialismo) en el Chapare, de disidencias encontradas”. Así explica  la socióloga y analista política María Teresa Zegada la situación del MAS en el trópico tras la salida de Evo Morales del poder y del país.
El Chapare, origen y fermento del MAS,   se fragmenta de a poco porque el máximo líder de los cocaleros los “abandonó”. La decisión de Morales marcó un antes y un después en el trópico cochabambino. 
Antes de la renuncia de Evo, los disidentes y los abiertamente contrarios al MAS podían llevar una vida pacífica y en armonía, pero luego del 10 de noviembre todo cambió. Ahora temen por sus vidas, por su integridad física y viven con la angustia de perder sus posesiones.


A partir del 11 de noviembre empezó una ola de violencia interna en el Chapare que despertó los resentimientos más reprimidos de algunos militantes del MAS, de los disidentes y de los antimasistas. Según los testimonios recabados por este medio, eso obedece  a la represión ejercida durante años por los dirigentes de los sindicatos, encabezada por la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba.

En la región, nueve estaciones policiales fueron destruidas y 180 policías fueron obligados a replegarse.  El comandante de la Policía de Cochabamba, Jaime Zurita, aseguró que no hay garantías para que los agentes retornen al trópico luego de los actos vandálicos. 
“Si no hay las condiciones no podemos enviar a los policías a trabajar allá. En algunas infraestructuras es necesario derribar todo para volver a construir de cero”, afirmó Zurita.
Golpizas, quemas y destierro
Ángela, de 22 años, era seguidora del MAS desde niña. Guiada por la ideología de sus padres creía ciegamente   el discurso de que Evo  era el único líder capaz de guiar el país. Su percepción cambió radicalmente  el pasado 12 de noviembre.
La noche de ese martes vio cómo un grupo de  seguidores de Morales  fue a la casa de su tío y lo acusó de “derechista e infiltrado” con la intención de eliminarlo y quemar su casa.
“Cuando instruyeron el bloqueo en el Chapare y las movilizaciones en Cochabamba mi tío se opuso. Dijo que no era la manera. Esa misma noche casi lo matan”, relató Ángela con la voz entrecortada queriendo reprimir sus lágrimas. 

Los dirigentes apedrearon la casa del tío de Ángela y estuvieron a punto de prenderle fuego. Él tuvo que refugiarse en la oscuridad del monte. Al día siguiente partió  rumbo a Cochabamba, a pie, porque las vías ya estaban bloqueadas. 
Tuvo que evadir el control en las trancas o peajes porque en uno de esos puntos lo habían retenido por “sospechoso”. Le revisaron sus documentos, su escaso equipaje y lo observaban de “pies a cabeza”.  Esa vivencia familiar  decepcionó y apartó a Ángela del MAS.
Para la profesora Lourdes, de una unidad educativa de Villa Tunari, los días posteriores a la salida de Evo Morales fueron los peores y más angustiantes de su vida. Cuenta que recibió amenazas, presenció golpizas, quemas y destrozos a viviendas de quienes eran considerados “opositores de la derecha”.
Fue testigo de cómo un comunario se negó a partircipar en los bloqueos, desobedeciendo las instrucciones  de los dirigentes. Lo volvió a ver al día siguiente y esta vez él tenía  las piernas y brazos “quebrados”.
“Es terrorífico lo que vivimos. Todos hemos estado obligados a bloquear y a salir a las marchas. Los comunarios para no perder sus chacos, sus casas o sus comercios han tenido que estar en los bloqueos. Han tenido que apoyar de alguna manera”, contó Lourdes.
Alcira, vecina de Shinahota, contó que aunque sus suegros no son militantes del MAS,  tuvieron que bloquear la carretera bajo amenazas. “Mis suegros ya están mayores. Tienen un edificio y les han amenazado con quemarlo. Calladitos  han venido a bloquear porque  si no su patrimonio, su esfuerzo de toda la vida, lo iban a hacer añicos en un rato”, describió Alcira.
  Pasó algo similar -relató- con casi todos los habitantes del trópico: fueron extorsionados de alguna manera.  Y en todos los puntos de bloqueos del Chapare se ejercían rigurosos controles.
“Ni una moto podía circular. Te saludaban al intento para escuchar tu acento, te revisaban la mochila o los bolsos y a algunas mujeres las manoseaban con la excusa de revisar si llevaba algo sospechoso”, contó. 
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