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sábado, 7 de diciembre de 2019

Cría peces y cultiva lechuga en el mismo invernadero

diciembre 07, 2019 0

Se llama Juan Pablo Pesalaccia, vive en Marcos Paz y desarrolló un sistema donde los peces comparten el circuito de agua de las plantas. El sistema se llama acuaponía. ¿El futuro?

 

Juan Pablo Pesalaccia levanta una lechuga y envuelve la raíz con tres dedos, como si le diera la pincelada final a su obra de arte: “Acá la tenés: ésta es la famosa lechuga acuapónica”, dice sonriendo en medio de un invernadero donde crecen cinco mil plantas de la hortaliza más popular.
¿Cuál es la novedad? Que el hombre desarrolló un sistema que consume un 10 por ciento del agua que se utiliza en la agricultura tradicional, que no produce daño ambiental y donde la verdura llega a la mesa totalmente libre de agroquímicos. Pero ése es sólo el comienzo: lo novedoso es la relación simbiótica que se produce entre las lechugas que ahora vemos a lo largo de unos cincuenta metros y las tilapias, unos peces que nadan en una pileta contigua a la huerta. Todo está perfectamente pensado para que el abono de esos peces sea el nutriente de los plantines que se sostienen sobre una estructura horizontal y se alimentan del agua de las piletas. El otro detalle es que los vegetales crecen sin ser plantados a tierra.

Los estudiosos del tema aseguran que la hidroponía (que no es otra cosa que el cultivo de vegetales sobre agua) ya cuenta con miles de años. Allá por el Siglo V, los jardines Colgantes de Babilonia –construidos por el rey Nabucodonosor II para que su amada Amytis se sintiera más cerca de casa– pueden haber sido una primera aproximación.
Bastante más cerca, apenas pasado el 1500, los mayas desarrollaron un sistema de siembra llamado Chinampa: cultivaban sobre barcazas para ampliar la superficie de su territorio sobre el agua. Y en la Segunda Guerra Mundial, los soldados americanos destinados a la región Asia-Pacífico usaron un sistema parecido al de Juan Pablo para sembrar sobre los humedales. Según cuentan, llegaron a cosechar cerca de 25 hectáreas que proveyeron de verduras frescas a sus batallones.
"En 500 metros cuadrados, comparten espacio la producción de verduras y la de proteínas magras".
Pero no hace falta ir tan lejos. Para conocer el paraíso de la acuaponía en la Argentina, Viva se acerca hasta la localidad de Marcos Paz. Es un martes de sol cálido y la primavera ya asoma. Atravesamos calles de tierra que surcan casas quintas y lotes sembrados con variedad de hojas verdes hasta que nos topamos con el invernadero de Juan Pablo.
Aquí tiene su proyecto, llamado Aqüidar Acuaponía Argentina. Una mezcla de la mencionada hidroponía y la acuicultura, que no es otra cosa que la cría de peces para el consumo. Lo increíble de este sistema de siembra es que, en apenas 500 metros cuadrados, comparten espacio la producción de verduras y la de proteínas magras. Lo más curioso es que (con la capacitación adecuada) uno podría desarrollarlo en unos pocos metros del patio de su casa y tener verdura y pescado para todo el año. Claro que, en este predio de tres hectáreas, la manufactura es a una escala más grande.

Ahora, el sol atraviesa los techos transparentes de la tienda que resguarda a las plantas de las heladas y mantiene la temperatura de los tanques donde viven los peces. Y es lo primero que vemos al entrar al invernadero: esos tanques azules de miles de litros donde viven cuatro mil tilapias. Juan Pablo las cría y las alimenta. Dentro de un rato sabremos que estos peces son una de las especies con mayor factor de conversión. “Yo les doy un kilo cuatrocientos de alimento y voy a tener un kilo de pescado fresco para comer”, grafica el anfitrión.
Un dato que sirve de comparación: un novillo que llega a un feedlot con 180 kilos va a consumir unos mil kilos de alimentos y va a engordar cien (un diez por ciento). Y ni hablar de lo que sería criar un animal de doscientos kilos ahí en el patio de su casa.
Pero ahora lo importante es entender la sinergia que se dispara por la combinación del mundo animal y el vegetal. El sistema es complejo, pero puede explicarse de una manera simple. Los peces consumen el alimento granulado que les tira Pesalaccia todas las mañanas y, como todo ser vivo, orinan, defecan y descartan amoníaco por sus agallas.
Una bacteria que se pasea por el agua (“se llaman nitrosomonas y nitrobacter, la misma que podés encontrar en cualquier charco”, explica Juan Pablo), toma sus heces y las convierte en el fertilizante que las plantas van a absorber. ¿Cómo llegan a las piletas que se extienden debajo de las lechugas? Una bomba se encarga de llevar y traer el agua con el fertilizante diluido desde el tanque de los peces hasta el de las lechugas.
Técnicamente, los peces y las raíces comparten el mismo ciclo de agua que recircula y, si se cuida bien, puede ser reutilizada infinitamente: “El agua hace su recorrido a través de tuberías y es la misma desde que inauguré el proyecto. Imaginate un sistema agrícola que preserve el medio ambiente de esta manera. ¿Por qué los peces no están en la pileta de debajo de las plantas? Para que no se coman las raíces de las lechugas que, obviamente, la primera vez me pasó”, explica el dueño de casa con una sonrisa.
Antes de ser el hombre que más sabe de acuaponía en toda la Argentina, Juan Pablo Pesalaccia (45) estudió para Técnico Agropecuario en Tres Arroyos, tuvo un breve paso por Buenos Aires y terminó a cargo de un restaurante en Puerto Pirámides, a 95 kilómetros de Península Valdés.
“Estuve 19 años en un lugar hermoso, con una vista increíble. Pero cada vez que me olvidaba algo tenía que hacer doscientos kilómetros de ida y vuelta hasta la ciudad. ¡Y no podía tener verdura fresca porque en ese suelo no crece nada!”, explica Juan Pablo. Por eso empezó a buscar la manera de cosechar rúcula, albahaca, lechugas y tomates en un terreno agreste y poco apto para la siembra: “Y ahí llega la hidroponía”, relata.
Pero hay más: “También veía cómo se desenvolvían los pescadores de mariscos que hacen un trabajo tremendo y les pagaban dos mangos. Eso me daba mucha impotencia. Entonces empecé a pensar seriamente en cómo producir mis propios pescados sin intermediarios”, dice el Pelado, como lo conocen en Marcos Paz.
"El día de Juan Pablo arranca a las 6, empaquetando lechugas y cuidando que el agua no tenga más de 27 grados".
Desde que se dedica a la producción, Pesalaccia mira con recelo la cantidad de eslabones que recorren los productos de la cadena alimentaria desde su producción hasta que llegan a la mesa: “No es lógico que los productores de Marcos Paz lleven sus productos al Mercado Central para después traerlos de nuevo a Marcos Paz”, reniega.
El día del Pelado Pesalaccia en su planta arranca a las seis de la mañana empaquetando lechugas. Después de controlar que el agua no tenga menos de 27 grados, “el mejor factor de conversión de la tilapia es a partir de los 28”, y alimentar a las crías, Juan Pablo carga la camioneta y arranca el reparto de lechugas orgánicas e hidropónicas verdulería por verdulería.
“Yo mismo me encargo de completar todo el ciclo productivo y comercial”, cuenta, rompiendo con una lógica que desde hace años entendemos que encarece los productos aunque no puede superarse: “Si tengo pescados para llevar, los cargo y aprovecho el viaje porque el costo de la movilidad es altísimo”.
Juan Pablo llegó a Marcos Paz hace seis años después de estar 19 en la costa de Chubut sobre el Atlántico. Con la venta de su restaurante de Pirámides, compró una casa en un barrio privado. “Pero no me sentía bien en ese lugar y la vendí rápido”. Entonces, con esa plata encaró este emprendimiento que tenía tres ejes: “Es un proyecto educativo, productivo y sustentable. Más allá de la parte comercial, lo que más me importa es capacitar a los alumnos en este tipo de proyectos que no contaminan y que tienen un potencial enorme”.
El invernadero de Aqüidar tiene 500 metros cuadrados y se levanta en un predio de tres hectáreas donde se cosechan 5.000 plantas de lechuga cada 32 días: “El rinde mejora de acuerdo a la intensidad lumínica”, explica Juan Pablo.
¿La producción de pescado? “Lleno los tanques con crías: pongo entre 600 y 1.400 peces. Al octavo mes, cada tilapia va a tener un kilo. Andando a fondo tendría que haber sacado 12 toneladas de pescado al año”, grafica.
"El invernadero Aquidar produce 5 mil plantas de lechuga cada mes. Y es capaz de dar 12 toneladas de pescado al año". 
Ahora, el sueño de Pesalaccia es poder agrandar la planta y agregarle tecnología: “Con un poco de inversión yo podría manejar la temperatura del agua y todos los motores desde mi celular. Tengo amigos en el país Vasco que miden hasta cuánto comen los pescados desde la pantalla. Con créditos lógicos podríamos dar un salto increíble”, se lamenta el hombre que pasa día y noche en el invernadero.
“No me puedo mover de acá, el año pasado me robaron todo y tuve que arrancar de nuevo. Y en 2016
me perdí un viaje por un corte de luz. Estaba por ir a Tailandia a conocer a James Rakocy, que es el padre de la acuaponía moderna. Estuvo treinta años trabajando para desarrollar un sistema parecido al mío en la Universidad de las Islas Vírgenes”, cuenta.
Para terminar: ¿Qué futuro le ves a la acuaponía?
Acá, en la Argentina, hay un potencial enorme. La persona que consume esta lechuga tiene certeza de que vos no usaste antibióticos, herbicidas ni fertilizantes sintéticos. Yo arranqué con esto hace cinco años, pero estudio este sistema de recirculación de agua desde hace veinte. Imaginate el ahorro de recursos naturales a través de este sistema: el agua que tengo en las piletas hoy ya tiene cinco años. Consumís un diez por ciento de lo que usarías en la agricultura tradicional y no tirás desechos en el suelo. Pensá que el sobre riego agrícola es del 35 por ciento. Además, podés producir pescado y vegetales en zonas desérticas. Este sistema es el futuro.
CLARIN 



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Sin Evo, el Chapare empieza a dividirse y aumenta la tensión

diciembre 07, 2019 0
Tras la renuncia de Morales, empezó una crisis interna que despertó los resentimientos más reprimidos de militantes del MAS y antimasistas.

“Hay disidencias, hay visiones diferentes que han surgido al calor del momento político, de los recientes conflictos. Se puede hablar de una fragmentación (del Movimiento Al Socialismo) en el Chapare, de disidencias encontradas”. Así explica  la socióloga y analista política María Teresa Zegada la situación del MAS en el trópico tras la salida de Evo Morales del poder y del país.
El Chapare, origen y fermento del MAS,   se fragmenta de a poco porque el máximo líder de los cocaleros los “abandonó”. La decisión de Morales marcó un antes y un después en el trópico cochabambino. 
Antes de la renuncia de Evo, los disidentes y los abiertamente contrarios al MAS podían llevar una vida pacífica y en armonía, pero luego del 10 de noviembre todo cambió. Ahora temen por sus vidas, por su integridad física y viven con la angustia de perder sus posesiones.


A partir del 11 de noviembre empezó una ola de violencia interna en el Chapare que despertó los resentimientos más reprimidos de algunos militantes del MAS, de los disidentes y de los antimasistas. Según los testimonios recabados por este medio, eso obedece  a la represión ejercida durante años por los dirigentes de los sindicatos, encabezada por la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba.

En la región, nueve estaciones policiales fueron destruidas y 180 policías fueron obligados a replegarse.  El comandante de la Policía de Cochabamba, Jaime Zurita, aseguró que no hay garantías para que los agentes retornen al trópico luego de los actos vandálicos. 
“Si no hay las condiciones no podemos enviar a los policías a trabajar allá. En algunas infraestructuras es necesario derribar todo para volver a construir de cero”, afirmó Zurita.
Golpizas, quemas y destierro
Ángela, de 22 años, era seguidora del MAS desde niña. Guiada por la ideología de sus padres creía ciegamente   el discurso de que Evo  era el único líder capaz de guiar el país. Su percepción cambió radicalmente  el pasado 12 de noviembre.
La noche de ese martes vio cómo un grupo de  seguidores de Morales  fue a la casa de su tío y lo acusó de “derechista e infiltrado” con la intención de eliminarlo y quemar su casa.
“Cuando instruyeron el bloqueo en el Chapare y las movilizaciones en Cochabamba mi tío se opuso. Dijo que no era la manera. Esa misma noche casi lo matan”, relató Ángela con la voz entrecortada queriendo reprimir sus lágrimas. 

Los dirigentes apedrearon la casa del tío de Ángela y estuvieron a punto de prenderle fuego. Él tuvo que refugiarse en la oscuridad del monte. Al día siguiente partió  rumbo a Cochabamba, a pie, porque las vías ya estaban bloqueadas. 
Tuvo que evadir el control en las trancas o peajes porque en uno de esos puntos lo habían retenido por “sospechoso”. Le revisaron sus documentos, su escaso equipaje y lo observaban de “pies a cabeza”.  Esa vivencia familiar  decepcionó y apartó a Ángela del MAS.
Para la profesora Lourdes, de una unidad educativa de Villa Tunari, los días posteriores a la salida de Evo Morales fueron los peores y más angustiantes de su vida. Cuenta que recibió amenazas, presenció golpizas, quemas y destrozos a viviendas de quienes eran considerados “opositores de la derecha”.
Fue testigo de cómo un comunario se negó a partircipar en los bloqueos, desobedeciendo las instrucciones  de los dirigentes. Lo volvió a ver al día siguiente y esta vez él tenía  las piernas y brazos “quebrados”.
“Es terrorífico lo que vivimos. Todos hemos estado obligados a bloquear y a salir a las marchas. Los comunarios para no perder sus chacos, sus casas o sus comercios han tenido que estar en los bloqueos. Han tenido que apoyar de alguna manera”, contó Lourdes.
Alcira, vecina de Shinahota, contó que aunque sus suegros no son militantes del MAS,  tuvieron que bloquear la carretera bajo amenazas. “Mis suegros ya están mayores. Tienen un edificio y les han amenazado con quemarlo. Calladitos  han venido a bloquear porque  si no su patrimonio, su esfuerzo de toda la vida, lo iban a hacer añicos en un rato”, describió Alcira.
  Pasó algo similar -relató- con casi todos los habitantes del trópico: fueron extorsionados de alguna manera.  Y en todos los puntos de bloqueos del Chapare se ejercían rigurosos controles.
“Ni una moto podía circular. Te saludaban al intento para escuchar tu acento, te revisaban la mochila o los bolsos y a algunas mujeres las manoseaban con la excusa de revisar si llevaba algo sospechoso”, contó. 
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jueves, 5 de diciembre de 2019

Gutiérrez buscará la liberación de presos políticos de Adepcoca

diciembre 05, 2019 0
El presidente de la Asociación Departamental de Productores de Coca (Adepcoca), Franclin Gutiérrez, se reunirá mañana, con el ministro de Justicia, Álvaro Coímbra, para tratar el caso de los dirigentes cocaleros que fueron encarcelados por temas políticos.

“La Presidenta personalmente llamó al Ministro de Justicia y nos agendó (una reunión) a las 8.30 a.m. para dar a conocer sobre todos nuestros presos políticos”, dijo en una entrevista para Bolivia Tv.

Remarcó, que se trata de dirigentes que fueron encarcelados injustamente por el Gobierno de Evo Morales al igual que Gutiérrez, quien permaneció encerrado en el penal de San Pedro por 1 año y 2 meses.

“Queremos revisar los procesos de los dirigentes que han sido encarcelados injustamente”, complementó.

El representante de Adepcoca fue acusado de ser el presunto autor intelectual del enfrentamiento del 24 de agosto en la comunidad San Antonio de La Asunta, lo cual no se comprobó.

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